El sabueso (fragmento)
Del libro –antología del terror-
(H. P. Lovecraft)
….Al siguiente día,
envolví cuidadosamente el amuleto de verde jade y zarpé para Holanda. No sabía
qué misericordia podía ganar al regresar esta cosa ha su silencioso y
durmiente dueño; pero sentí que al menos debía intentar todas las opciones
concebiblemente lógicas. Qué era el sabueso y porqué me perseguía, eran
preguntas todavía demasiado vagas; pero había escuchado el aullido por primera
vez en el camposanto de la iglesia y cada evento subsecuente, incluida la
muerte de St. John y sus últimas palabras, habían servido para conectar la
maldición con el hurto del amuleto. Consecuentemente, me hundí en el más
profundo de los abismos de la desolación cuando, en una posada de Rotterdam, descubrí que unos
ladrones me habían robado de esta única posibilidad de salvación.
El aullido se escuchó con
fuerza aquella noche y por la mañana leí sobre un inenarrable suceso en la
parte más vil y sórdida de la ciudad. La gentuza estaba aterrorizada, pues un
maligno ocupante había descendido una muerte roja, más allá del más atroz de
los crímenes del vecindario. En la mugrienta
guarida de los ladrones, una familia
completa había sido despedazada por una cosa desconocida, que no dejó pistas
detrás de sí. La gente en las inmediaciones escuchó durante toda la noche,
sobre el barullo habitual de voces borrachas, una débil, profunda e insistente
nota, como si fuese de un sabueso gigante.
Por fin estaba parado en
aquel malsano camposanto donde la pálida luna invernal arrojaba horrendas
sombras y los árboles deshojados colgaban resentidos para encontrarse con el
marchito y congelado pasto y las derruidas lápidas y la iglesia, cubierta de
enredaderas, apuntaba su dedo burlón hacia el hostil cielo y el viento nocturno
aullaba maníacamente desde los
congelados pantanos y los frígidos
mares. El aullido era muy tenue ahora y se detuvo por completo cuando me
aproximé a la antigua tumba que alguna vez había violado, atemorizado por la
anormalmente grande cantidad de murciélagos que flotaban ha su alrededor.
No sé por qué me dirigí
hacia allá si no era para rezar, o para
farfullar enloquecidas súplicas y disculpas hacia la serena cosa blanca que
yacía dentro; pero, fuera cual fuese mi razón, ataqué la tierra congelada con
una desesperación en parte mía y, en parte,
una que dominaba mi voluntad
desde el exterior. La excavación fue más sencilla de lo que esperaba, aunque a
cierto punto me encontré con una rara interrupción, un delgado buitre descendió del frío cielo y picoteó
frenéticamente la tierra hasta que lo
maté con un golpe de mi pala. Finalmente, alcancé la caja oblonga podrida y
removí la húmeda cubierta nitrosa, fue el último acto racional que jamás llevé
a cabo.
Escondido dentro de aquel
antiguo ataúd, abrazado por un apiñado
séquito de pesadilla de enormes, nervudos y durmientes murciélagos, estaba el
esqueleto al que mi amigo y yo habíamos robado; no estaba limpio y plácido como lo habíamos visto, sino cubierto de
sangre coagulada y retazos de carne y
cabello ajenos y miraba conciente y maliciosamente hacia mí con sus cuencas
fosforescentes y con sus afilados y
ensangrentados colmillos bostezando retorcidamente como una burla de mi
perdición inevitable. Y cuando aquella sonriente mandíbula dejó escapar un profundo y sardónico aullido,
como el de algún sabueso gigante, vi que sostenía en su ensangrentada y sucia garra el perdido y funesto amuleto de
verde jade, yo solamente grité y corrí como un idiota, con mis alaridos
disolviéndose rápidamente en estallidos de una risa histérica.
La locura cabalga el
viento de las estrellas…garras y dientes
afilados durante siglos en cadáveres…escurriendo muerte ha su vaso el
vacanal de murciélagos de la ruina negra
como la noche de los templos enterrados de Belial…Ahora, mientras el aullido de
la muerta y descarnada monstruosidad
crece fuerte y más fuerte y el furtivo aletear y zumbar de aquellas malditas
alas de telaraña da círculos cada vez más estrechos, buscaré el olvido con mi
revolver, que es el único refugio contra lo innombrable e inenarrable.

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